viernes, 31 de agosto de 2007

LA MONEDA Y SUS CARAS (I DE II) por Luis Tovar

Actualmente pueden verse dos películas mexicanas cuyas respectivas intención, ejecución y resultados hacen perfectamente elocuente, al contrastarlas, lo dispar que puede ser nuestro cine contemporáneo, incluso cuando -como es el caso- una misma instancia ha participado en la producción de ambas.

LAS NUBES, JULIÁN Y EL CIELO

La primera de ellas es El cielo dividido (2006), segundo largometraje de ficción de Julián Hernández, autor de la premiada y muy comentada Mil nubes de paz cercan el cielo, amor, jamás acabarás de ser amor (2003). Exhibido previamente en la más reciente edición del Festival de Cine de Berlín, así como en el XXI Festival Internacional de Cine en Guadalajara, este filme de dos horas con veinte minutos de duración es también un refrendo de la mancuerna de trabajo que, desde hace varios años, Hernández ha mantenido con el productor Roberto Fiesco.

Sólo quien posea una visión muy limitada dará por buena la aseveración según la cual El cielo dividido es algo así como la rehechura de Mil nubes de paz..., sólo que con algunas diferencias de carácter formal. Este equívoco fue enunciado ya desde la exhibición del filme en Guadalajara, por algunos de quienes conocían el primer largometraje dirigido por Hernández. Quienes así opinan están partiendo de un error de apreciación, que les hace confundir una postura creativa consistente -e igual de importante, también una postura ética consecuente- del realizador a la hora de abordar, no únicamente de nuevo sino en efecto de manera renovada, una temática cuyas facetas desde luego no habían sido agotadas en lo que Mil nubes de paz... proponía.

Aquel desacierto, a su vez, proviene del error que consiste en pensar las cosas forzosamente con vocación de taxidermista, queriendo fijarlo y etiquetarlo todo para, entonces sí, aventurar una definición que se quiere definitiva, así como un juicio todavía más categórico. El cielo dividido sí cuenta la historia de amor y desamor de una pareja homosexual, y por eso forma parte del décimo Festival Mix que por estos días ha tenido lugar en la Cineteca Nacional y otros recintos, pero apresurarse a colgarle un letrero que diga "película gay" no sería útil sino para sacar a flote, lamentablemente, sesgos homofóbicos más o menos latentes en el ánimo de quien con semejante e innecesario ejercicio desea erigirse en clasificador.

Con ser eso, la historia de Gerardo y Jonás es también mucho más que eso. O mucho menos, según se quiera ver; es decir, si el espectador se dispone a prescindir de los adjetivos para que la definición "una historia de amor homosexual" se quede, como en este caso es conveniente que suceda, en una historia de amor, así a secas.

Al respecto, la primera secuencia de la cinta debería bastar para que un criterio amplio y bien dispuesto comprenda que, más allá de homos y heteros, lo que está presenciando es la plenitud de un acto amoroso entre dos seres humanos como somos todos: necesitados de dar, de darse, y de recibir en correspondencia la donación del otro. Así parece asumirlo el director y guionista, pues dicha primera secuencia ofrece, con elegante mesura, la ocasión para ejercer desde una estética depurada ese oficio de voyeur que caracteriza a todo buen cinéfilo. En otras palabras, El cielo dividido abre con una cogida verdaderamente antológica, y no debe dudarse al considerar esa obertura entre las más logradas y memorables imágenes eróticas en el cine, al menos en el mexicano.

Así es el comienzo, pero esa propuesta tampoco deberá mover a nadie a pensar que el registro conceptual de la cinta se queda ahí. Hay, desde luego, un arco dramático a través del cual transitarán los personajes, cifrado en el encuentro, el desencuentro, el deseo aún vivo y no cumplimentado, la frustración, así como la consecuente búsqueda por alcanzar la reanudación. Vale decir, en referencia al título, que se atestigua el intento de unir el cielo, de re-unirlo o, mejor dicho, desdividirlo, y el neologismo sería necesario para asimilar a suficiencia las razones por las que la película escasea en diálogos y abunda en imágenes, muchas de las cuales son de una plasticidad y una belleza contundentes. Con ellas -sobre todo las obtenidas en una Ciudad Universitaria así reivindicada como un espacio urbano insustituible-, Hernández transmite sentimientos y estados de ánimo, más que la sucesión de acontecimientos, todos fugaces, todos concatenados en una lógica de causa-consecuencia más o menos esquemática, a la que suele recurrir cierta narrativa fílmica reciente.

Esa diferencia, por cierto, es la que hará decir a Muchagente que la cinta es demasiado larga, que bien podría prescindir de una media hora. Pero siempre conviene desconfiar de los arreglapelículas cuya exclusiva solución consiste en ofrecer sus tijeras a quien no las ha pedido ni las requiere, como sucede aquí.